Hay cosas que pasan porque sí, sin un motivo ni un por qué, aunque si lo piensas con decisión a todos nosotros nos gustaría saber el porqué de las cosas. ¿Por qué nos suceden desgracias? ¿Por qué nos suceden cosas agradables? Por ejemplo, ¿por qué me paso aquello?
Abro los ojos por la luz que traspasa mi ventana, me cuesta abrirlos. Me duelen. Los tengo hinchados y me quema mucho la garganta. Necesito agua fría y descubrir que me ocurre en los ojos. Al lado de la cama en mi mesita de noche siempre tengo un vaso de agua, que lo uso para aclararme la garganta y al parecer los ojos mejoran, ya los puedo abrir mejor y ver con claridad la hora. Debo darme prisa porque me queda una hora, antes de que empiecen las clases. Antes de desayunar, me ducho y me visto. Me pongo un chándal color rojo claro y unas zapatillas de deportes
Bajando las escaleras me acuerdo del dolor de espalda y me doy cuenta de que el golpe no me ha dejado secuelas, porque la verdad no encuentro ningún tipo de dolor.
-Hola Daniela, ¿vas a desayunar?-Mi madre con la misma prisa de siempre para que no llegue tarde.
-Pues… La verdad mamá es que no tengo hambre, lo mismo me cojo algo en la cafetería si me da hambre ¿vale?
-El desayuno es la comida más importante del día, si no la tomas puedes pasar una mala mañana-me recuerda mi hermana Claudia. Ella siempre se toma un gran desayuno.
-Llevas razón, pero ayer cuando subí a mi cuarto vomité.-Le digo echándole una pequeña mentira.
Al parecer no se molesta en contestar y sigue mordisqueando su tostada con aceite.
Salgo con mi mochila. Admiro el buen día que hace. Las nubes que corren veloces con el viento, parecen caballos que trotan al viento, como queriendo llegar al horizonte igual que yo en mi sueño. También observo las hojas de los árboles. Se mueven a izquierda y derecha como queriendo huir de las ramas y volar libres a donde ellas quieran.
Entro en el instituto. Lo busco con la mirada, pero realmente creo que no ha llegado. Noto que unas manos me tocan los ojos. Son unas manos masculinas, lo noto y lo sé, oigo una voz que me dice: “¿Quién soy?” Intento adivinar.
-Déjame pensar-digo haciéndome la interesante. Porque obviamente sí que sé quien- ¿Carlos?
-Muy bien Daniela, si tuviera un caramelo te lo daría-dice bromeando.
-Vale de acuerdo. Si alguna vez me lo das, dámelo de limón.
-Como quieras.-Corta el tema-¿Has estudiado sociales?
-Pues sí. Algo.-Le digo desviándome del tema. O eso intento.
-¿Sabes que este examen es muy importante?-Me advierte.
-Claro que lo sé. Pero no pude estudiar ¿vale?
-¿Por? ¿Qué te pasó?
Le cuento la gran aventura que me pasó ayer por la tarde. La caída. El libro.
-¿Libro? ¿Qué libro?- Carlos está más interesado en la lectura que yo. Saco el libro de la mochila y me lo quita de un tirón.
-Nepalís…-Lo observa pensativo-No lo conozco. Ni a la autora.
-Normal. Es de cuando mi madre era pequeña. ¡Tiene más de 30 años!-Le aclaro.
Hago el examen bastante mejor de lo que pensaba. Un 7´5. Está muy bien. Yo pensaba que suspendería, claro que no es comparación con el 10 de Carlos. El día transcurre con normalidad, no pasa nada importante. Lo único es que entre las páginas del libro que cogí de la biblioteca de mi casa, encuentro una nota de cuando mi madre era joven, que dice:
“Eres una vela. Algo impredecible.
Se enciende y se apaga cuando quiere.
Fdo: La persona que más te quiere en el mundo.”
Tengo sospechosos de quién ha podido escribir el poema.
Al salir del instituto voy pensativa. No en la nota. Si no, en si debo volver a casa o ir a dar una vuelta. No tengo deberes. No me apetece estudiar. Lo único que me apetece hacer es algo diferente. No sé qué. Pero después de darles vueltas un rato. Decido ir al parque. ¿Al parque? Me digo. Sí, al parque. Quiero volver a la infancia, a mi edad de siete años durante unos minutos cortos. Llego y dejo la mochila en un banco y pienso en que subirme, en el tobogán, en el columpio… Opto por los columpios. Me monto y empiezo a impulsarme fuertemente. Siento el viento que me hace un pequeño masaje en la cara y digo en voz alta, pero no lo suficiente como para que alguien me oiga: “Si cuando estoy con los ánimos por los suelos pudiera subirme aquí y salir volando hacia otro mundo, como por ejemplo al arco iris de mi sueño, todo sería mejor” Unas manos me tocan la espalda y me impulsa a mayor velocidad. Supongo que será Carlos, pero voy por muy mal camino.
Es mi padre.
-¿Has vuelto a tener siete años no?-Pregunta dándome un fuerte abrazo.
-Ya me gustaría volver a tener siete años, para venir a montarme todos los días al columpio- le digo respondiéndole al abrazo con un beso en la mejilla.
Damos un largo paseo de camino a casa. La idea de ir sola a dar una vuelta se ha cancelado por ahora. Mañana es sábado, así que quedaré con Carlos para ir a dar un paseo.
-¿Qué tal el “insti”?- Lo miro de manera rara.-Es así como lo llamáis los adolescentes de ahora ¿no?
Suelto una fuerte carcajada.
-Sí, así es papá. Me ha ido bien. He sacado un siete y medio en sociales y el profesor de Lengua me ha felicitado por el resumen del libro que hice la semana pasada.
-Me alegro. Claudia ha salido del colegio con mucha fiebre. Está en la cama. Con una toalla fría en la frente.-Dice muy preocupado.
-Pobrecita. Esta mañana antes de irme la he visto con mala cara.-Le digo para poder consolarlo un poco.-¿Cuánta fiebre tiene exactamente?
-Treinta y ocho y medio.
-Me acuerdo cuando yo era muy pequeña y me tomé aquel bote de jarabe. Dormí durante tantas, tantas horas.
-Yo me asusté un montón-Me dice riendo.
Continuamos con el paseo hasta mi casa.
Cuando llegamos a casa le doy un besazo a mi madre y subo corriendo a ver a Claudia. Toco con suavidad a la puerta como a ella le gusta. Y espero a que me diga “adelante”. Así es, efectivamente me dice con un hilo de voz esa palabra.
-¿Cómo estás ratita?-Le pregunto sentándome en el filo de su cama.
-No muy bien. Me duele la cabeza y tengo fiebre.
-Ya me lo ha contado papá. ¿Pero no estás mejor?-le pregunto llevando mi mano a su frente.
-No lo sé. ¿Me vuelves a poner el termómetro?-Me pregunta cogiendo el termómetro de la mesita de noche.
-Sí, claro.
Mientras esperamos a que suene le acaricio la mano. Tiene la misma fiebre que me ha dicho mi padre.
-¿Te acuestas conmigo?-me dice volviendo a colocar el termómetro en su sitio.
-Claro que sí guapa.
Me acuesto en la cama con Claudia. Ella se acurruca en mi pecho y las dos nos quedamos dormidas abrazada la una a la otra.
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