Corro por las calles heladas del pueblo donde me crié, rápido, muy rápido. Intento correr un poco más veloz. Deseo fallido. Lo único que consigo con acelerar es empezar a jadear, lo que me hace ir mucho más despacio. Cuando estoy dispuesta a seguir para llegar a mi destino, resbalo con un charco congelado. Caigo al suelo dándome un fuerte golpe en la espalda.
Me adentro en un sueño profundo en el cual, en vez de caerme sigo corriendo más rápido de lo que iba y llego al horizonte, donde encuentro una puerta enorme que me lleva a un arco iris de todos los colores. Tengo mucha curiosidad por tocar mi color favorito, el amarillo, al tocarlo ese color se convierte en un collar de perlas, de ese mismo color pero más clarito. Decido ponérmelo y…
Me despierto en el mismo sitio en el que estaba, soy un ser insignificante, nadie se ha preocupado ni de ayudarme a levantarme. Aunque pensándolo bien, ¿quién se iba a preocupar de una niña de diecisiete años que ni siquiera tiene la suficiente fuerza como para correr más de quinientos metros? Quizá alguien haya podido verme tirada e indefensa y pensar que estaba muerta y aunque hubiera sido así nadie hubiera tenido la poca piedad de levantarme y llevarme al único hospital que hay en la ciudad. Decido levantarme para ver de qué escala son los daños que he sufrido. Me cuesta mover la espalda, es más tengo un dolor insoportable. Me levanto muy despacio para no dañarme más. Ando lento. Mucho.
Tardo en llegar a casa debido a las pausas que he hecho durante todo el camino. No hay nadie. No está ni mi hermana pequeña Claudia. Supongo que habrá ido con mis padres a dar un pequeño paseo por la zona. Entro en la cocina y bebo un gran vaso de agua, acto seguido subo a mi habitación y me acuesto en la cama para intentar dormirme. Intento imposible.
Como “Plan B” cojo el libro de Lengua Castellana y repaso los ejercicios mandados para mañana. Sin éxito ninguno. Pruebo a dar vueltas interminables en la cama, una y otra vez. Tengo un gran dolor en la espalda, no puedo hacer movimientos bruscos. Me levanto y voy a una habitación de la casa, en la que no suelo entrar, ya que no me llama la atención, pero hoy la veo entre abierta y decido entrar. En esa habitación, siempre hemos guardado libros y un ordenador. Paso por las estanterías acariciando los tomos de los libros con el dedo meñique y veo uno que hace que me pique la curiosidad, se llama: Nepalís. Al parecer es de cuando mi madre tendría mi edad. Subo a mi cuarto y comienzo a leer… Interesante.
El libro trata de una niña llamada Silvia, la cual vive con su familia en el bosque. Es la mayor de cuatro hermanos. Su padre ha fallecido. De un día para otro, esta niña de doce años se convierte en el cabeza de familia. Tiene que aprender a cazar. Buscar una fuente de agua. El libro realmente me gusta. Me imagino a mí, trasladándome al bosque por problemas económicos, mi padre, la persona que más quiero en el mundo, muriese al poco tiempo y tener detrás de mí a cuatro hermanos pequeños. No lo soportaría. Lo más seguro es que cometiese un disparate, para evitar tener que hacer todo eso.
Miro la hora. Es tarde. Bajo las escaleras creyendo que no hay nadie en mi casa, pero están todos abajo. Mi madre haciendo la cena. Mi hermana jugando en la alfombra con sus muñecos y mi padre leyendo un libro, llamado “El Asedio”.
Mi padre. Con él he pasado los mejores momentos de mi vida. He dormido con él hasta bien mayor, y todas esas noches me contaba un cuento. Y la mayoría eran repetidos, pero a mí me gustaban de todas maneras. Pero lo que más admiro de mi papá es su pasión por leer. Los libros han sido sus mejores amigos. Sus compañeros. Nunca lo han abandonado. La verdad es que en mi opinión, los libros son amigos que cuando le cuentan cosas jamás las dirán. Por eso yo, también ha tenido una gran pasión por la lectura.
-Hola Daniela, no sabíamos que estabas aquí, estaba preocupada.
-Hola pequeña. Si te digo la verdad llevo aquí más de dos horas.
-¿Y qué has hecho en todo este tiempo?-Interviene mi padre en la conversación.
-Estaba leyendo un libro que he cogido de “la habitación de los libros”-digo, sabiendo su respuesta.
-¿Sí? ¿Cuál es?- Es la contestación que esperaba, pero no la realiza mi padre, si no mi madre.
-Sí. Se llama Nepalís.
-¡Oh! Ese libro es de cuando yo era pequeña, ¿te gusta?- Se ha notado que ese libro le trae muy buenos recuerdos de la infancia porque se ha emocionado.
-Sí. Está bien- digo con la intención de sentarse en el sofá.
-Daniela, ¿puedes poner la mesa por favor?- Misión sentarse en el sofá, fallida.
Cenamos con un silencio que no tiene por qué. Solo se rompe al mover los cubiertos o los platos.
-¿Qué tal en el instituto?-pregunta mi madre sirviéndose ensalada.
-Bien. Normal. ¿Por?-pregunto curiosa.
-Por nada.
Termino de cenar y subo a mi habitación sin decir nada. Me pongo el pijama y cuando estoy a punto de acostarme, tocan a la puerta. Es Claudia.
-¿Por qué te has ido sin decir nada?-Pregunta triste.
-Tengo mucho sueño cariño, no te preocupes.
-Pero ya me podrías decir buenas noches ¿no?
-Llevas razón. Perdóname ¿vale?
-Está bien.
Le doy un fuerte beso en la mejilla y se va.
Después de esta conversación cariñosa de hermanas, apoyo la cabeza en la almohada y se me cierran los párpados, cayendo en un sueño profundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario